Cómo nos ilusionamos.
Cuando doña Eugenia Zamora empezó a leer los datos del primer corte y vimos su alegría al indicar que el abstencionismo se había reducido significativamente, la inyección de dopamina fue instantánea. Y luego, el brutal puñetazo en el estómago: aquel 53 % de la hoy presidenta electa nos sacó el aire y nos estrujó el alma.
Si usted, al igual que yo, sintió que la victoria electoral de la nueva presidenta le dolió en sus fibras más profundas, es probable que compartamos algunos rasgos en común: educación universitaria completa; acceso a experiencias cosmopolitas; espacios de esparcimiento y cultura; ingresos suficientes para costear atención médica particular y educación privada para nuestros hijos. Posiblemente urbanos, más consumidores de streaming que de televisión abierta, con una visión de mundo ampliada por las experiencias. Progresistas (al menos en el papel). Tolerantes (al menos en el papel).
Nos parecemos, claro que sí. Y por eso, en la última semana, compartimos la ilusión de que podíamos llevar el partido hasta la saprissa hora y empatar con gol de chilena en el último minuto, forzando tiempos extra hasta abril y pensando que valía la pena sacrificar la ida a la playa de Semana Santa con tal de votar en segunda vuelta: no a favor de alguien, sino en contra de ella.
Pero no.
La gente —la otra gente— quiso otra cosa. Y nos reventó la burbuja. Y nos dolió en puta.
Ahora es fácil entender que el desenlace no debería tomar por sorpresa a nadie, pues fue exactamente lo que las encuestas anticiparon desde el inicio de la campaña. La presidenta electa fue la única que mostró un crecimiento sostenido en la intención de voto a lo largo de los meses, mientras sus competidores apenas movían la aguja. El "hubiera" no existe, pero hoy es inevitable repasar todo lo que nos salió mal y preguntarnos cómo se pudo haber evitado. A lo mejor no era evitable.
Más de un millón de costarricenses impusieron su criterio y le dieron una victoria categórica a la presidenta. Eso lo masticaremos por días. Ahora bien, ¿quiénes son ese millón de ticos? Porque la respuesta fácil —la que nos había funcionado en las últimas elecciones— es que ese tipo de candidaturas populistas se levantan desde las costas y fronteras, donde hay menos desarrollo, menos educación y menos oportunidades. Pero cuando uno ve que la señora ganó en seis de las siete provincias (en Cartago le faltó poco, y eso con la tremenda maltratada que los cartagineses han soportado a manos del gobierno jaguar), el argumento deja de funcionar.
Bien lo dijo un amigo esa noche: Costa Rica no es la Fuente de la Hispanidad. Aquel mar de banderas multicolor que tomó las calles de San José en la última semana, la foto de los Avengers, la camaradería de los debates, las coincidencias por encima de las diferencias: todo lindísimo, sí, pero al final insuficiente. Desde nuestra burbuja, lo que nos parecía la máxima expresión de convivencia política terminó siendo una anotación al pie de página de la campaña electoral del 2026.
Y es que, además, debemos admitir algo incómodo: ese bando que adversamos y cuya visión de país nos genera tanto temor está más cerca de nuestros corazones de lo que nos gusta aceptar. Nos engañamos si insistimos en que solo gente sin educación puede apoyar un proyecto político autoritario. Todos conocemos a personas buenas, a las que apreciamos, que dijeron con orgullo que apoyaban la continuidad y que encontraron casa en un movimiento personalista más que en un partido político. Yo, al menos, tengo varios amigos muy queridos cuyos colores políticos se me hicieron insoportables y que hoy sé deben estar experimentando una legítima alegría por ser parte de la victoria electoral más categórica de los últimos 20 años. Son personas que no están obteniendo ninguna ganancia personal del triunfo turquesa y que seguirán tan jodidas por las listas de espera y las presas en Manolos como cualquier otra.
También es simplista pensar que todo responde solo a la coyuntura jaguar, cuando en realidad se trata de la suma de muchos años de metidas de pata y de una polarización que se viene agudizando desde los tiempos de Fabricio y su cruzada anti ideología de género. Tenemos por lo menos diez años de insultos en redes sociales, de los "héchele miel" en lugar de "échele ortografía" y de la obsesión por destruir a "los mismos de siempre", sean quienes sean.
Hagamos un paréntesis para revisar lo que pasó con los perdedores de esta elección, empezando con Liberación. Álvaro Ramos es, por mucho, el mejor candidato que el partido verdiblanco ha presentado en mucho tiempo (sin duda, muuucho mejor que Johnny, Toño y Chema). Lo que logró en la última semana fue una titanada: las encuestas no le daban ni un 10 % de intención de voto y terminó quedándose con el 30 % de los sufragios. Además, evitó que el partido se desangrara en la Asamblea Legislativa, tomando en cuenta todo lo que pasó con los saboteadores de San Ramón, la cizaña de los viejos de la vieja guardia y el flojito trabajo de sus actuales legisladores. Duele, pues Alvarito no solo es una de las personas más preparadas que ha aspirado a la presidencia de Costa Rica, sino un ser humano decente. No lo conozco, pero me deja la mejor impresión posible y espero que la vida le dé —y nos dé— ocasión de volver a presentar su nombre a los votantes.
Me quedo también con la mejor impresión de Juan Carlos Hidalgo, quien hizo lo que podía desde un carro muy chueco, como el PUSC. Que ese partido quedara al borde de la desaparición no tiene tanto que ver con él, sino con la peor fracción legislativa que ha tenido: la actual, que no hizo otra cosa que servir de lacayos a la voluntad del Ejecutivo. Y, del ahogado el sombrero, qué lujo será tener a Abril Gordienko de diputada. Difícilmente podrá impulsar algunos de los cambios políticos que tanto ha envisionado —por ejemplo, en el sistema de elección de diputados—, pero igual: qué dicha que logró colarse por la mínima en Cuesta de Moras. Ya verán.
¿Fracasó la Coalición Agenda Ciudadana? Depende de desde dónde se mire. Es claro que la pobre votación presidencial de Claudia Dobles se quedó muy corta con respecto a las expectativas generadas, pero que lograra amarrar su diputación es un premio a una breteada extraordinaria, tomando en cuenta que el PAC había sido pulverizado de la arena política. Es difícil que el partido de Ottón (bueno, ya no de él, pero ustedes entienden) vuelva a Zapote, pero sí puede aspirar a ser una opción legislativa válida y ciudadana.
En cuanto al Frente Amplio, nada que reprocharle: es el único partido político que funciona y crece en Costa Rica. Sus actuales liderazgos la tienen clara y han sabido desmarcarse del chancletismo para venderse como un movimiento más accesible, inclusivo, juvenil y moderno. Muchos de los jóvenes que se estrenaron como electores este año quebraron el voto para darle a Ariel y los suyos los diputados. Eso habla de que la gente sí pone atención a lo que se hace en Cuesta de Moras y de que al que trabaja bien se le reconoce, mientras que, de nuevo, el PUSC paga el haberse llenado de jaguares disfrazados en el Congreso saliente.
Fuera de ahí, poco por agregar: José Aguilar terminó siendo más ring-ring que helados; Eli tuvo el desenlace lógico de una gestión legislativa decepcionante; Natalia jugó mal sus cartas y se paseó en un partido muy suyo que pintaba para más; y Fabricio finalmente pagó el haber sido cómplice del gobierno chavista que —vaya ironía— luego le robó el mandado y se apoderó del votante evangélico. De fijo intentará algún regreso más adelante, claro, pero ya pasó irremediablemente a la categoría de has been, junto a Otto, Justo, Óscar y demás recuerdos de un pasado peor. Del resto de candidatos, pues gracias por su participación.
Pero volvamos al votante chavista. A la luz de los resultados de este 1.° de febrero, tenemos que revisar bien cosas que damos por asumidas sobre cómo somos los ticos, porque no necesariamente corresponden a la realidad. Estos votantes están conscientes de que eligieron una fracción oficialista que más parece una colección de expedientes judiciales, y no les importó. También saben que el proyecto chavista es, por definición, contrario a la pluralidad y que sus responsables buscan, en este segundo mandato, consolidar el control sobre las instituciones y los poderes de la República. Así lo han dicho, sin adornos. Partamos entonces del hecho de que ese millón de ticos está de acuerdo con eso, lo aprueba y lo promueve.
También es un votante que, al parecer, no rechaza maneras de hacer política basadas en el insulto, la discriminación, la burla y la intolerancia, porque el actual gobierno ha sido bastante explícito en sus "modales". Que el presidente jaguar se burlara de otros costarricenses el mismo día de las elecciones —es literal, les hizo muecas afuera de una escuela— y tratara de "idiota" a alguien en un centro educativo no deja lugar a dudas. Quien votó por el continuismo también votó a favor de eso.
De fondo, lo que se asoma —más que la Costa Rica que siempre hemos entendido a partir de la desigualdad económica, que sí existe— es una profundamente dividida por la manera en que entiende la relación con los demás. Tenemos que admitir que hay una Costa Rica que pareciera no tener problemas con que sus líderes sean groseros. Ya no es solo aquel tío que se emborrachaba en las fiestas y hacía el papel, sino medio país. Y eso debería invitarnos a todos a pensar.
Somos un país donde cada vez menos personas leen o se informan en canales válidos; donde más gente toma decisiones desde lo emocional; donde el nivel cultural se ha ido de pique; donde muchas personas carecen de experiencias suficientes para distinguir la verdad de la ficción. Un país donde la mentira más absurda, cuando es dicha por una señora que salió 30 años en televisión, se vuelve una verdad irrefutable, y donde cualquier estupidez compartida por un tiktoker se da por válida en función de los likes y los shares.
Acá es la parte del texto donde debería poner algo esperanzador, pero qué va: por ahora no me sale. Sería fácil decir que todo es culpa de los Arias (claro que tienen culpa), de los ticos con corona o de los mismos de siempre, los enemigos del machote jaguar. Pero la culpa también es mía y suya, en la medida en que no hemos podido ver más allá de la puerta de Multiplaza: a esa Costa Rica que no se emociona cuando abre una nueva franquicia en Curridabat, a la que le resbala que en Escalante todo sea pet friendly o a la que le da exactamente lo mismo que una empresa haga alarde de sus prácticas de sostenibilidad.
Tal vez el verdadero duelo no sea haber perdido una elección, sino darnos cuenta de que el país que creíamos entender ya no existe. Y que, por ahora, no sabemos bien cómo hablarle al que sí está ahí.

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