Recuerdo la tarde del eclipse solar. Había llegado por
fin el día de ver materializada la promesa sobre la que los medios de
comunicación habían volcado toda su publicidad reciente. Según un sujeto de voz
ronca que transmitió hace unos tres días en 1.000 FM, el eclipse sería un
espectáculo, pero también un acontecimiento generacional. Las probabilidades
apuntaban a que ya todos estaríamos muertos para cuando un fenómeno de este
calibre se repitiese en décadas posteriores (si es que lo hacía del todo).
No me lo podía perder, así que me pasé las vísperas tratando
de esclarecer cual sería la mejor manera de sacarle provecho. La televisión con
sus colores lavados quedó excluida rápidamente de las opciones. Definitivamente,
había que estar presente. Hablé con Sofía, pero dijo que le daba miedo terminar
calcinada… Acudí a David, pero se excusó bajo un drama familiar barato que no
logó captar mi atención. Finalmente, pude contactar con Julio, quien hizo unas
sugerencias interesantes…
—¡Podemos subir a la colina
que está en el centro de la ciudad! La vista ya de por sí es impresionante, ¡ahora
imagina un festival de luz arrasando con ella!
Julio quiso seguirme la
corriente, pero lo que dijo no se sintió muy natural. Además, le noté algo
desubicado. Ningún exceso de luz acabará con nada, simplemente tendremos
oscuridad momentánea e inofensiva. Le respondí:
—Está
bien Julio, ¿qué te parece si nos vemos mañana a las catorce horas al pie de
esa colina que mencionas? Y, además, si no te molesta, ¿llevarías algunas
botellas de lo que bebimos la última vez? Creo que nos ayudaría bastante a asimilar
lo que observemos.

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