El
conflicto entre la evolución científica y la evolución moral
Durante millones de años, el planeta tierra existió con la
principal finalidad de albergar dentro de sí, innumerables formas de vida y
ecosistemas, los cuales contribuían recíprocamente y de manera tácita en
mantener el equilibrio de la naturaleza. Hubo una época en la que, cada organismo
cumplía con una asignación especial en su entorno, de modo que, con la
participación de todos los seres, la realidad del mundo funcionaba como una
especie de sistema de relojería. Nada sobraba ni faltaba, y todo aquello que
pudiera considerarse como fatalidad (entiéndase desastres que mermaran las
condiciones de vida de los habitantes como erupciones volcánicas, avalanchas,
terremotos…), obedecía principalmente a la casualidad.
Por supuesto, estamos hablando aquí de los tiempos en que
la especie humana aún no entraba en escena. Aquel tiempo en donde los animales
que poblaban el territorio terrestre reducían sus preocupaciones a la procura
de alimentos para sí mismos y a la siempre latente amenaza de los potenciales
depredadores. Fue este un período en donde todas las relaciones entre seres
vivos se manejaban de manera completamente instintiva, sin cuestionamientos de
por medio debido a que no había nadie para formularlos y en donde los cambios
de cualquier índole podían tardar siglos en presentarse.
Esta era de aparente armonía llegó a su fin con la
aparición del ser humano, un animal muchísimo más complejo que el resto. En un
principio, el humano tuvo que mezclarse con el hábitat y luchar por su
supervivencia en un ambiente hostil, estando al mismo nivel o inclusive, en
desventaja con respecto a las demás criaturas. Sin embargo, una vez que la
evolución comenzó a dotar al humano de una superioridad intelectual con la que,
hasta el día de hoy, ninguna otra especie le ha manifestado rivalidad, este no
tardó en reclamar una posición de liderazgo.
Más adelante, siendo que el hombre demostró tener
ambiciones mucho más grandes para con su existencia que limitarse al simple
juego de cazador versus presa, fue inevitable que producto de sus ideas, sus
fantasías y sus acciones, surgieran nuevos tipos de conflictos que no eran
inherentes a la naturaleza como tal, si no resultado de la intervención humana
y que, a consecuencia de ello, todos los seres vivos del globo se comenzaran a
ver afectados directa o indirectamente.
Por desgracia, gran parte de la historia de la humanidad se
ha visto caracterizada por prolongados capítulos caóticos y oscuros. La
evolución no ha representado el recorrido de un río estable, por el contrario,
ha terminado siendo una navegación por océanos tormentosos. Quizás, la
característica definitoria del ser humano como especie, sea la capacidad de
cuestionar lo que acontece a su alrededor y estar en una constante búsqueda por
el significado de la vida. En ese sentido, no se conforma con lo que el planeta
le ofrece, sino que, de manera continua, inventa soluciones a nuevos tipos de necesidades que va
desarrollando.
Existe cierto consenso en
afirmar que, el período de cien años en donde se dio el más
acelerado desarrollo de la sociedad en áreas tales como la medicina, la tecnología
y la moral, fue el correspondiente al siglo XX, el cual se compone de dos
mitades bien diferenciadas, estando la primera de ellas marcada por el mayor
conflicto bélico jamás registrado; La Segunda Guerra Mundial (1939-1945).
Durante aquellos años, no
fueron solamente los soldados quienes se enfrentaron a los más sórdidos
horrores, sino también, la población civil. Sucesos trágicos que hoy se
encuentran grabados a fuego en el imaginario colectivo como el holocausto y la
detonación de las bombas atómicas sobre Japón, provocaron que la humanidad se
viera obligada a reflexionar y a darse cuenta de que, o promovía un cambio en
su comportamiento, o se dirigiría inevitablemente hacia la destrucción.
Es así como en el ecuador del siglo (10 de diciembre de
1948) se emite la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la cual tiene
como principal objetivo, garantizar que todas las personas alrededor del mundo
gocen de una serie de derechos básicos que les aseguren un nivel de vida digno.
Tal premisa se encuentra condensada en 30 artículos esenciales y es de
acatamiento obligatorio para la totalidad de gobiernos.
Si bien, ya se dejó en claro que los acontecimientos de la
guerra fueron lamentables, también es cierto que, producto de las
circunstancias, se realizaron importantes aportes en el campo de la ciencia.
Algunos resultados de la experimentación en humanos dentro de los campos de
concentración nazis fueron relevantes para la medicina en años posteriores. El
problema radica en que hay un porcentaje considerable de doctores que, (con
razón) rechazan dichos avances porque se niegan a aceptar como éticos, los
métodos por los cuales se obtuvieron. Descubrimientos tales como el de la
cloroquina antipalúdica, la metadona, los estudios referentes a la hipotermia,
a la deshidratación o la hipoxia, proceden de los infames experimentos llevados
a cabo en personas por el régimen nacionalsocialista.
En igual sentido, las investigaciones que, en última
instancia llevaron al desarrollo de armas nucleares, proporcionaron información
de importancia para el entendimiento de nuevos tipos de energías. Si no fuera
por el hecho de que tales invenciones se aprovecharon de forma perversa y
perjudicial, la reputación de los estudios científicos que les sirvieron de
base, no se encontraría tan manchada actualmente.
Para dar una solución a este tipo de conflictos es que,
alrededor de la misma época (aunque el origen exacto se suele situar en 1927 y
atribuirse al teólogo alemán Fritz Jhar), comenzó a surgir el concepto de
bioética, un término ligado estrechamente con la ética médica, pero mucho más vasto. Según Gilbert Hottois, profesor
belga especializado en la materia, la bioética subsume a la biotecnología, la
ingeniería genética, la gestión de la biósfera y la preservación de las
especies, ya sean estas humanas, vegetales o animales.
Así, por ejemplo, el tema de experimentación con seres
humanos podría ser netamente una problemática de ética de la medicina (sobre
todo tomando en cuenta que los perpetradores solían ser doctores), mientras que
llevar a cabo un ataque nuclear, enlaza directamente con la bioética porque
afecta a un espectro más amplio de especies. Esta última, en resumen, tiene que
ver con toda la moralidad subyacente al tratamiento de la vida y el bienestar no
sólo de los seres humanos, sino de todos los seres vivos que pueblan el
planeta.
Sin embargo, la aplicación de la bioética puede no ser
siempre satisfactoria. Existen obstáculos que impiden que su premisa se
despliegue al máximo potencial. Sin ir tan lejos, y ya que se hizo alusión a la
cuestión de la experimentación con personas, se ha hablado mucho de la
experimentación con animales con el fin de probar vacunas, medicinas o incluso,
productos cosméticos. Es un escenario muy controvertido, puesto que, diversas
organizaciones en pro de los derechos de los animales repudian tales prácticas y
las equiparan con la tortura.
Esto representa en principio, un conflicto de bioética, pero
entonces, ¿por qué existe con respecto a una misma transgresión, un mayor
amparo hacia los seres humanos que hacia las demás especies? La respuesta es
simple y ya se trajo a colación; La Declaración Universal de los Derechos
Humanos, ya que formalizó de manera definitiva, la protección única de
personas, mientras que, en lo concerniente a los animales, no se cuenta con
algún documento de similares características que pueda ser invocado genéricamente.
En razón de lo anterior es
que, a pesar de que la bioética se concibe originalmente con el fin de intentar
restablecer la armonía en el planeta, aquella que se fue perdiendo conforme el
humano se aprovechaba cada vez más de los recursos naturales, lo cierto es que,
por el momento, resulta muy evidente que los esfuerzos en los diversos campos
de las ciencias están muy encaminados a ofrecer un trato preferencial hacia el
bienestar de las personas, antes que al de cualquier otro ser viviente, lo cual
en realidad, podría considerarse como un proceder totalmente “anti-bioético”.
Esto viene a demostrar que,
el hombre continúa manteniendo una supremacía en su entorno, pero también hay
algo que es una realidad, y es que varios de los conflictos que surgen a raíz
de la bioética o a los que ésta intenta dar soluciones, son inherentes al
humano en particular y por ello, es a este a quien incumben exclusivamente.
Con el fin de ilustrar
esta idea, hablemos de algunos actos de bioética que se relacionan con derechos
humanos puntuales y de las dificultades de índole moral o filosófica que representan.
Para empezar, tenemos que el numeral 16 de la declaración dispone lo que es el
derecho a fundar una familia (“Los hombres y las
mujeres, a partir de la edad núbil, tienen derecho sin restricción alguna por
motivos de raza, nacionalidad o religión, a casarse y fundar una familia (…)”).
Un asunto de bioética que claramente se encuentra conectado
a ello, es el tema de los métodos asistidos para procrear, entiéndase, la
fecundación in vitro y la inseminación artificial principalmente, aunque
también se habla de otros como la inyección intracitoplasmática. He aquí un
ejemplo de bioética bien aplicada en concordancia con sus principios, porque otorga
alternativas prácticas a una carencia que poseen ciertos individuos (la
posibilidad de concebir descendencia de forma tradicional).
Evidentemente, en el año 1948 no se podían contemplar estas
posibilidades a como las contemplamos con la perspectiva del año 2020, puesto
que la ciencia no había avanzado lo suficiente para ofrecerlas adecuadamente. Recién
en la década de los 70’s, fue cuando se logró el primer embarazo mediante
fecundación in vitro, y si bien, existían nociones antiguas sobre inseminación
artificial, antes de los años 1940, se quedaban más en lo teórico. Como puede
observarse, el documento original sobre derechos humanos universales ofrecía
una base, pero dado que era imposible prever con exactitud los avances
tecnológicos y sociales que se iban a experimentar en los años venideros, en
algunos casos, resulta necesario adaptar el contenido de la declaración y
amoldarlo de acuerdo con las novedades que vayan apareciendo en el campo científico.
Luego, retomando la problemática de las armas de
destrucción masiva que se mencionó con anterioridad, es importante resaltar
que, se reconocen como derechos humanos el de la seguridad personal, un nivel
de vida adecuado y al orden social e internacional (artículos 3, 25 y 28 respectivamente).
Aunque el uso de bombas atómicas sobre población civil no se repitió desde el
final de la Segunda Guerra Mundial, es curioso pensar que, con el desarrollo de
la Guerra Fría en décadas subsecuentes, realmente nunca se descartó completamente
la nueva utilización de tales dispositivos.
Incluso hoy en día, a pesar de que existen tratados
internacionales que limitan la fabricación y tenencia de este tipo de
armamento, su presencia oculta es indiscutible. ¿De que sirve entonces, garantizar
que todas las personas tengan acceso a un “orden” internacional, a la seguridad
y a la vida misma si en cualquier momento, un error técnico puede desencadenar
una catástrofe de alcances mundiales? Toda esta situación constituye un ejemplo
de escenario en el que, desde mi punto de vista, la bioética ha fracasado en
relación con sus postulados esenciales.
Finalmente, es menester ampliar un poco más sobre el que es
el derecho humano más importante, aquél que da origen a todos los demás; el
derecho a la vida (ubicable dentro del inciso 3 de la declaración). ¿Qué tipo
de procedimientos de bioética además de lo ya comentado, enlazan con el derecho
a la vida? Podemos referirnos brevemente a tres; El trasplante de órganos, las
transfusiones de sangre y la eutanasia.
Con los dos últimos, se puede eventualmente, violentar la
vida, aunque de una manera indirecta (mala praxis y/o negligencia por parte de
profesionales de la salud), pero el objetivo primordial, por el contrario, es
resguardarla. Tal vez el verdadero conflicto en lo que se refiere a estas
intervenciones médicas, sea ideológico, debido a que algunos grupos religiosos,
los rechazan de plano por convicciones espirituales.
No obstante, la eutanasia es por lejos, mucho más polémica
en general, ya que se basa completamente en la interrupción tajante de una vida.
Sobre ello, Erica Baum explica en un artículo publicado en la revista de
Bioética y Derecho de la Universidad de Barcelona (2017) que la autonomía
personal es clave cuando se habla de eutanasia, siendo que constituye el
elemento central para que cada uno pueda diseñar su propio proyecto de vida y
elegir aquello que más le convenga. Incluso sobre la propia vida, se puede
decidir el destino ya que, a pesar de que la protección a la misma está
garantizada por el Estado, el individuo posee autodeterminación.
Y por supuesto, no se puede dejar de comentar la actual
situación de pandemia ocasionada por el virus SARS-CoV-2 (coronavirus) que le
está presentando a la población mundial, un reto sin precedentes. Claro que no
ha sido la única pandemia de grandes alcances que ha azotado al mundo en la
historia, pero si tiene la particularidad de que vino en un momento en que la
mayoría de sociedades se encuentran globalizadas y disponen de comodidades
tecnológicas, amén de que es técnicamente, la primera de su tipo en atacar a la
humanidad en la época moderna post Segunda Guerra Mundial y, por ende, la
primera en enfrentarse a una civilización que, se supone, cuenta con el escudo
de los derechos humanos.
Desde el esparcimiento de la peste bubónica en Europa
durante el siglo XIV, hasta la más reciente gripe española de 1918, las
cuestiones morales ligadas a la salvación de los enfermos han recibido tratamientos
distintos, pasando por la indiferencia, el miedo, la crueldad o la resignación.
En la presente pandemia por coronavirus, se ha hablado mucho de un fenómeno que
se ha instaurado forzadamente en las salas de hospitales; La elección de quien
recibe un respirador artificial. En palabras simples, separar a quienes poseen
mayores probabilidades de sobrevivir y a los que tienen menos.
Este dilema ha puesto a prácticamente todas las sociedades
bajo una gigantesca presión, debido a que representa una situación que era
inimaginable hace tan solo unos meses y para la que nadie pudo haberse
mentalizado. El derecho humano a la vida se encuentra nuevamente colocado sobre
la línea de fuego y al menos, dentro de las próximas semanas no se visualiza un
horizonte alentador. Vivimos un momento crítico en el cual, si bien está
tomando lugar una carrera desesperada por descubrir una vacuna contra el virus,
y se está intentando que, durante el camino, se respeten todas las garantías
individuales de los afectados, es innegable que el papel de la bioética parece
tambalearse bruscamente, mostrando una inestabilidad preocupante.
Este es el resultado de los cambios acelerados y los
tiempos de crisis, la dificultad de adaptación y la predominancia de la
selección natural o “ley del más fuerte” por encima de los cuerpos normativos que
civilizadamente, buscan la equidad. Algunos estudios y artículos de opinión
sugieren que la emergencia sanitaria del covid, es el resultado de años de
explotación de los recursos naturales y de los ecosistemas. Inger Andersen,
directora ejecutiva del Programa de las Naciones Unidas para el Medioambiente,
afirma que algunas conductas ilegales como el tráfico de especies silvestres,
puede facilitar la propagación de enfermedades, además de que, el calentamiento
global y la destrucción de los hábitats naturales, acerca a los animales a la
civilización, cosa que favorece las transmisiones de nuevos tipos de virus que
pueden provocar nuevas pandemias a futuro.
Si fuese el caso, entonces que esta época confusa que vivimos
se traduzca en profunda reflexión sobre lo que hemos conseguido como especie y
lo que aún falta por alcanzar. Para que la bioética realmente tenga sentido, es
necesaria la adecuada convivencia y el respeto entre todos los seres vivos y no
es meramente, un asunto de derechos humanos. Quizás, llegue un punto en que la
moralidad en todas sus formas se encuentre nivelada al completo con los avances
científicos, pero como se ha podido comprobar, ese momento aún nos es ajeno.
Referencias
- El coronavirus es un mensaje de la naturaleza: ONU. Semana sostenible. Recuperado de: https://sostenibilidad.semana.com/actualidad/articulo/el-coronavirus-es-un-mensaje-de-la-naturaleza-dice-la-onu/49248
- La Declaración Universal de Derechos Humanos. Naciones Unidas. Recuperado de: https://www.un.org/es/universal-declaration-human-rights/
- La bioética: sus principios y propósitos, para un mundo tecnocientífico, multicultural y diverso. Nelson Molina Ramírez. Revista Colombiana de Bioética, vol.8, número 2, julio-diciembre 2013. Bogotá Colombia. Recuperado de: https://www.redalyc.org/pdf/1892/189230852003.pdf
- Perspectivas bioéticas. Eutanasia, empatía, compasión y derechos humanos. Erica Baum. Revista de Bioética y Derecho. 2017. Universidad de Barcelona.
- ¿Es ético utilizar los descubrimientos científicos nazis para salvar vidas? BBC Future. Frank Swaine. 2019. Recuperado de: https://www.bbc.com/mundo/vert-fut-49240265






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