En el cielo todo está bien, en el cielo todo está
bien, en el cielo todo está bien, tú tienes tus cosas buenas y yo tengo las
mías… Tienes tus cosas buenas y tienes las mías…
La joven entonó las líneas como si intentara dotarlas de un doble sentido y
luego entró nuevamente en el radiador, su hogar. Aquello me trajo recuerdos
horribles de mi vida en pareja, vivencias traumáticas de lo que es interactuar
con suegros perturbadores y criar monstruos… Cuando lo recuerdo, debo hacerlo
en blanco y negro porque visualizar el color rojo sangre del momento culmen me
volvería loco. Eventualmente, lo superé y seguí adelante.
Decidí entonces darle un poco de orden a mi vida sometiéndome a una rutina.
Me comprometí a hacer todos los días lo mismo, sin embargo, cuando iba apenas
por el lunes o martes, las cosas empezaron a ponerse extrañas. El supuesto
detective que estaba a cargo de mi caso no hacía más que deambular sin siquiera
saber muy bien quien era él mismo y se perdía en bizarros viajes (psicotrópicos
probablemente) que definía como “paseos inter dimensionales”.
Mientras tanto, yo pasaba mi tiempo en el apartamento viendo en la
televisión esa vieja comedia de los conejos que hablan sinsentidos. Tenía la
esperanza de que me notificaran sobre alguna novedad de mi asunto, pero me di
cuenta de que eso no iba a suceder. Con el afán de encontrar respuestas, me
vestí y caminé hacia la oficina central en donde me atendió Denisse… Me clavó
sus ojos seductores y mordió la punta del lápiz que tenía en sus manos…
-
Hola,
cariño, ¿en qué te puedo ayudar?
-
Hola
Denisse, necesito saber cómo va mi asunto.
-
Claro
que sí, pero ¿harías algo por mí, cariño?
- Bueno
Denisse, no lo sé. No puedo dejar de pensar en el tiempo que aún eras Dennis.
La reunión no dio ningún fruto. En los días siguientes tuve que intentar
asimilar la idea de que mi detective se dedicaba a visitar salas a las que
nadie más tenía acceso, quedándose callado cuando uno le preguntaba al respecto.
Todo estaba saliendo mal, de modo que pensé que lo más sensato sería buscar
ayuda. Así lo hice y me dieron el contacto de un sujeto conocido como “El Vaquero”.
Me hizo gracia al principio por lo ridículo que sonaba, pero cuando me
advirtieron que este encuentro podría ser potencialmente peligroso, decidí
tener cierta cautela.
El Vaquero y yo nos encontramos a la medianoche del viernes en una vieja
construcción abandonada. Él llegó con su estereotípica indumentaria del salvaje
oeste y me saludó amablemente, pero dando a entender que ya nos conocíamos de
antes... No pasó demasiado tiempo para que yo sintiera el frío golpe de su mirada.
Esos ojos no transmitían felicidad ni tristeza ni preocupación ni amenaza… Esos
ojos estaba muertos.
Lo que conversamos El Vaquero y yo aquella noche nunca lo podré revelar y
es algo que me atormentará por el resto de mi vida. Lo único que puedo decir es
que, durante toda la conversación, el tipo no parpadeó ni un segundo.

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