Tengo una habitación a la que llego a pernoctar, mirar la pantalla de televisión e inmiscuirme en pensamientos dañinos. Es mi espacio sagrado, el "checkpoint" de la vida, pero lo ha sido ya por un par de décadas y a veces me cuestiono si esto es viable a largo plazo.
Tantas transformaciones han tomado lugar a través de los años que el sitio se ha vuelto casi irreconocible. La televisión ya no transmite programas de comedia ni películas de acción ni comerciales molestos musicalizados con "jingles" rancios... La señal naufraga en estática infinita sin ton ni son. El servicio de cable se dejó de pagar hace mucho, lo mismo sucede con las luces; los bombillos se quemaron y a nadie le importa. No hay lámparas tampoco, cada vez que llego a casa enciendo la tele y me conformo con esa luz tenue que transmite paz y estabilidad para poder cambiarme de ropa y llegar hasta la cama. El ruido blanco que emana del aparato me sirve luego para dormir porque es estable y uniforme. Las cortinas llevan ya años sin abrirse de par en par debido a que no soy muy fanático del sol.
El polvo se acumula en las estanterías, los rayones en la madera se hacen visibles durante el día, los objetos inutilizables se apilan en los alrededores... Pero vaya, es mi santuario y no sé si lo cambiaría. Tal vez sí, tal vez no. A veces pienso en bonitos apartamentos de torre con vista a toda la ciudad, esos que son tan comunes en la actualidad. Me imagino la limpieza que conllevan, el espacio reducido, la similitud entre ellos, la pérdida de identidad, el status que otorgan... Y entonces, mis pensamientos se devuelven a La Habitación, esa que es mía, la imperfecta, pero llena de recuerdos que nadie puede arrebatarme porque nadie los entiende completamente.
Mi cuarto es alfombrado, lo cual naturalmente contribuye a la acumulación de polvo. Casi nunca paso la aspiradora, pero cuando lo hago, lo hago en serio. Aun así, siento que no es suficiente... Siempre quedará polvo sobre el escritorio, dentro del clóset, alrededor de los muebles (los pocos que hay), en las sábanas, etc. A veces pienso que no me alcanzará la vida para limpiar tanto polvo... Simplemente se regenera cada vez que uno piensa haber acabado con él, es como levantarse todos los días y ver la cama sin tender e intentar tenderla, ¿Cuál es el punto? Volverá a estar desatendida (o sin tender) para el día siguiente.
A veces intento arreglar las partes de mi habitación que no cuadran, pero abandono la misión rápidamente. Las veces que he tratado de hacer limpieza me encuentro con libros que nunca terminé de leer (hasta están con las páginas amarillas), con ropa deshilachada, con videojuegos inconclusos, con películas que me prestaron y nunca devolví... Entendí entonces que mi habitación estaba fragmentada por zonas... Básicamente, habían unas zonas a las que yo les dedicaba toda mi atención (limpieza de portadas de revista, organización de figuritas, el saneamiento de las ventanas) y otras que se encontraban sumergidas en el más absoluto olvido (las que necesitaban un estudio más profundo).
Esto me hizo recordar un recorrido que hice un día por la ciudad y de como la impresión que se quedó grabada en mi memoria fue la una realidad imperfecta. Todo el mundo habla de las zonas más turísticas, de los parques cuya basura es recogida continuamente por la municipalidad del cantón, de las cafeterías con balcones en las que uno puede sentarse a tomar un poco de sol, de las avenidas adoquinadas... Pero resulta que también existen decenas de zonas en una ciudad que convergen en el caos, que subsisten en un estado de desorganización, que son hogar de la asimetría más llamativa como si los arquitectos que diseñaron los edificios y las casas hubieran estado locos o drogados. Finalmente, cuando se termina de apagar el atardecer, el ambiente citadino se torna más oscuro (literal y figurativamente). Salen a la luz (de noche, irónicamente) los secretos que se camuflan en la claridad del día.
Tiene que decirse; los pueblos no aparecen mágicamente, sino que más bien son el producto de una larga serie de acontecimientos que toman lugar en los terrenos de base, así como de la posterior asimilación que los pueblerinos hacen al respecto. A finales del siglo XIX y principios del XX, por ejemplo, existió publicidad anti-electricidad (en serio).
Por supuesto que la corriente eléctrica fue un invento que revolucionaría para siempre la vida cotidiana del ser humano, pero algunos individuos no podían evitar pensar en todos los problemas que esta creación traería. Fue necesario ilustrar pesadillescos afiches con imágenes de hombres enredados en cables, mujeres calcinadas y caballos (que jalaban carrozas) tirados en el asfalto agonizando para supuestamente, probar el punto de que la energía venía del demonio.
Hubo un tiempo en que yo también tuve afiches, pero no tan exagerados... Eran más que nada reproducciones de mundos ficticios, pero en todo caso ya los quité. He sacado mucho y he dejado entrar poco. La Habitación ha absorbido todo de manera muy convincente, aunque también se podría decir que es un reflejo de su tiempo (de todos sus tiempos) y que ya ha adquirido identidad propia, cosa que solo se consigue luego de atravesar muchísimas tormentas, avalanchas, fines del mundo, etc.

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