Siempre he pensado que es posible comunicarse con ciertas personas a pesar
de que no se les dirija la palabra directamente ni se esté en presencia física
de ellas. Claro, se trata de un fenómeno que no tiene ningún sustento
científico, no es algo que pueda comprobarse, y por eso hago énfasis en que “lo
he pensado”.
O quizás más bien, lo he sentido. ¿Tendrá algo que ver con las energías,
con los campos magnéticos o con algo más bien espiritual/paranormal? Imposible
saberlo, podría tratarse también de una autosugestión, de la necesidad humana
de encontrarle un sentido a todo aquello que ocurre en un día común para que al
menos la experiencia de estar vivo sea algo interesante. Los artistas, por
ejemplo, poseen esa capacidad de tomar pequeños detalles del día a día
aparentemente insignificantes y utilizarlos como piezas con las cuales crear
algo conceptualmente coherente.
Esta introducción la hago para que se entienda mejor la anécdota que voy a
relatar. Los últimos tres fines de semana tuve bastante tiempo libre y decidí
ir a visitar un pequeño bosque ubicado al este de las cercanías de la casa donde
me estuve hospedando en las afueras de la ciudad. El terreno en cuestión
contaba con largos senderos para explorar y perderse un rato, pero, además,
tenía otro tipo de facilidades; canchas de fútbol, ranchos, piscinas (aunque vacías)
y puntos de encuentro varios para que familias, compañeros, vagabundos y amantes
pudiesen olvidar sus problemas por un rato, todo repartido a lo largo de
kilométricas zonas verdes. Ciertamente, era un sitio de lo más cálido y agradable.
1
El primer fin de semana me dediqué a deambular por unas dos horas
aproximadamente en tanto el recuerdo de una persona con la que no he hablado en
años giraba constantemente en mi mente. Sentí la necesidad de decirle algo,
pero no tenía manera de contactarle en ese momento, así que simplemente saqué
una hoja de papel, un bolígrafo y escribí lo que me gustaría poder expresarle. Nada
muy elaborado, un par de párrafos con letra deforme y listo.
Alguna gente habla del poder liberador de poner aquello que le atormenta a
uno en papel, e incluso se dice que prenderle fuego posteriormente es una
excelente manera de “limpiar” el alma, ya que el acto funciona como una especie
de exorcismo. De tal ritual no sé porque nunca lo he llevado a cabo, pero luego
de transcribir en tinta mis pensamientos profundos, sentí que debía hacer algo
con esa carta, no solamente llevármela y guardarla en un cajón. Al final,
resolví entregársela al bosque insertándola en la abertura de un tronco que
yacía cortado en medio del campo. Tal vez alguien la encontraría en algún
momento y le daría una ojeada, al menos así mis inquietudes no se perderían en
el vacío y podrían ser conocidas por alguien, aunque no se tratara del
destinatario real.
2
El segundo fin de semana regresé, pero a raíz de esa inseguridad esporádica
que me entra cada cierto tiempo, tuve el impulso de ir a buscar de nuevo el
tronco caído y recuperar la carta antes de que alguna persona la viera. Estuve
durante unos diez o quince minutos rodeando el perímetro donde recordaba
haberla dejado, pero no encontré absolutamente nada. Intenté reconstruir
mentalmente el recorrido que hice la última vez y me convencí a mí mismo de que
ya había identificado las coordenadas exactas en donde se ubicaba el tronco…
Pero en esta ocasión no había más que árboles y maleza. Mi conclusión en ese
momento fue que posiblemente no se trataba del mismo sitio puntual, así que dejé
la búsqueda para otro día y me fui a casa, ya que estaba empezando a llover.
3
El tercer fin de semana retomé mi misión de re obtener la misiva, sería la
última oportunidad. Afortunadamente, en el transcurso de la semana que acababa
de pasar, recordé que cuando había escondido la carta tomé una fotografía con
mi teléfono… Estuve analizando la imagen y noté que podría llegar al tronco si
me guiaba por los puntos de referencia que se observaban, así que emprendí el
camino de reconocimiento una vez más.
Lo cual me arrastró exactamente adonde estuve la última vez… En esta
ocasión no quedaban dudas, el viejo pedazo de madera había desaparecido para
siempre, probablemente fue movilizado o lo usaron como leña para carne asada. Ni
modo, no quedaba nada por hacer más que resignarse, tampoco es que fuera algo
grave, solo una de esas obsesiones raras que me atrapan de vez en cuando e
influyen en mi comportamiento inmediato.
Me quedé unos segundos contemplando el suelo, su hierba verde
resplandeciente y, cuando levanté la mirada, observé unas carpas azules
rodeadas de gente a no muchos metros de distancia, por lo que me acerqué a
investigar de que se trataba. Resulta que ese domingo se estaba dando una
celebración de un día muy simbólico y por ello se habían instalado puestos de
comida, se daba venta libre de artesanías y se tenía música en vivo, así como
actividades recreativas tales como un canopy, unos inflables y juegos de
pelota. La música estaba dirigida a los niños con canciones sobre la familia y
la importancia de lavarse los dientes, era el Show de Burroberto y los suyos. Me
hizo gracia ver esos disfraces de peluche y pensar lo que los individuos dentro
de ellos estarían pasando, tal vez se estarían ahogando de calor o estarían
algo borrachos para poder soportar su trabajo, lo único más gracioso hubiese
sido que Burroberto vomitara por las orejas y luego colapsara en el escenario…
Bueno, gracioso para mí en todo caso.
La música era muy buena, pero luego de un rato quise cambiar de ambiente, así
que fui a dar una caminata por los senderos. Como era de esperar, esto provocó
que el recuerdo de aquella persona a la que le dediqué unos cuantos garabatos
hace un par de semanas volviera a emerger y entonces, empecé a notar los
paralelismos… Hace exactamente diez años estábamos ambos en un escenario justo
como este en el que ahora yo me encontraba a la deriva. Lo que se estaba
celebrando hoy era lo mismo que celebramos juntos hace una década. Se suponía
que aquél de 2015 sería un día de diversión y esparcimiento, pero terminó
convirtiéndose en una tarde de horror, tanto así que las secuelas se siguieron
propagando durante mucho tiempo y aún subsisten. Curiosamente, en ninguno de
los dos días (de 2015 y 2025) llovió a pesar de que mayo es un mes invernal en
esta parte del mundo. Sinceramente, yo hubiera preferido un ambiente invernal a
uno infernal, que es lo que terminó ocurriendo aquél lejano sábado.
No aconteció en este mismo lugar que yo visitaba ahora, pero fue en uno
tremendamente parecido. Amplias zonas verdes, caminos que conducían al bosque,
una celebración… Fue como si el pasado y el presente se reflejaran momentáneamente
entre sí por medio de un espejo interdimensional, como si el mismo universo
viniera a recordarme que nuestra existencia es cíclica o digna de hacer remakes.
En fin, creo que lo peor del día original fue aquella maldita sensación de
impotencia que me quedó marcada para siempre por no haber podido ayudar a quien
me acompañaba. Le pude proteger de un animal salvaje que nos atacó en medio del
bosque, pero no pude salvarle de los demonios que le atormentaban y siento que
pude haber hecho más…
Cuando salí del sendero, decidí regresar adonde estaba la música con la
idea de relajarme un poco, pero para mi sorpresa, la banda de Burroberto ya se
había retirado, en su lugar estaba una mujer que, con una voz poderosa y un
acompañamiento de metales interpretaba desgarradoras canciones de traición,
desolación y venganza. Era estridente y desordenada, pero algo en la manera en
que cantaba esas letras logró tocarme la fibra sensible. Vaya cambio radical,
¿se suponía que eso era para niños? Ni sé ni me importaba, pero me gustó
bastante y me senté a observar.
Ya casi eran las cuatro de la tarde y estaban a punto de cerrar el parque,
así que me puse a sacar un balance de mi experiencia personal y me di cuenta de
algo sorprendente; la pasé bien, y en mi reflexión profunda, descubrí algo más
impresionante aún… Aquella persona de la que tanto he hablado… Sentí su
presencia. Tal vez suene raro lo que voy a decir, pero esconder aquella
estúpida carta en un árbol caído fue como haberla plantado en la tierra y dejar
que la lluvia la regara, en vez de raíces o palos germinaron sentimientos y
memorias. De alguna manera que no puedo explicar, logramos comunicarnos, y si
alguien piensa que esto es tonto, diré únicamente en mi defensa que creer en
Dios lo es también, ya que se trata igualmente de una supuesta entidad de la
que nadie puede demostrar su existencia y, sin embargo, todos aseguran que ahí
está, en alguna parte… Al menos a mi me queda constancia de que esta persona de
la que hablo fue real y tal vez lo siga siendo.
UN PRESENTE
No quise irme sin llevarme un souvenir, de modo que fui a echarles
un vistazo. Había de todo, pero yo estaba buscando algo con significado, mis
ojos se posaron en cada pieza hasta que finalmente se fijaron en un colgante. Una
figura que ni siquiera pude identificar; no era una estrella, un corazón, un
rombo, un remolino ni una cruz, pero tenía un poco de todas ellas. - “¿Qué se
supone que es esto?” Pregunté; - “Es algo que te va a proteger de todo
lo malo” respondieron.
No me dijo mucho esa frase, sonó bastante genérica, a decir verdad, pero igual
compré el collar porque para mí, esa pequeña pieza era un símbolo, era como una
materialización de todo lo que pasé, y… La sentí llena de energía. No pagué
mucho, menos de siete dólares, no obstante, pareciera que el espíritu de quien a
tantas veces me he referido estuviera contenido ahí. Lo único que sé es que, a partir
de ahora, esa chuchería insignificante me rodearía el cuello en lugar de una sucia
soga.
Se dice por ahí que los dolores que quedan son las libertades que faltan. ¿Acaso será aquí donde empezamos?

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